Coñece a Fátima Freire

Fátima Díaz Freire es doctora en Psicología por la Universidad de A Coruña y cuenta con una destacada trayectoria académica. Actualmente se encuentra desarrollando un proyecto de integración de la inteligencia artificial en la educación superior, centrado en el fomento del pensamiento crítico, el aprendizaje autorregulado y el uso responsable de la IA generativa en estudiantes universitarios. Gracias a este proyecto se encuentra realizando estancias de investigación en la Universidad de Tübingen (Alemania), y el próximo año, en la Universidad de Minho (Portugal). Además, es presidenta de Motus Europa, una asociación si ánimo de lucro dedicada a promover la participación activa de la juventud en Europa, y ejerce como vicepresidenta y tesorera de la Asociación de Mujeres Empresarias AMPEGA. Durante el último año, también desempeñó labores docentes en una Universidad de Japón y A Coruña.

“Educar es dar dirección a todo lo que ya somos”

Si tuvieras que presentarte brevemente, ¿qué dirías de ti y de tu recorrido profesional?
Soy pedagoga y, a partir de ahí, fui orientando mi camino hacia la investigación en educación. Lo que intento con mi trabajo es que la investigación esté realmente en contacto con la realidad educativa, porque a veces desde la academia se corre el riesgo de hacer algo demasiado “de laboratorio” o alejado del día a día. A mí me interesa que lo que investigamos tenga sentido práctico y pueda mejorar la educación y, en última instancia, la vida de las personas. Y para eso es clave escuchar y apoyar a quienes están en el aula: tanto docentes como estudiantes.

Cuéntanos un poco sobre ti ¿cuáles son tus estudios y a que querías dedicarte al inicio de estos?
Es curioso, porque yo empecé estudiando Ingeniería Informática, y la verdad es que fue bastante por expectativa social. A nuestra generación se nos vendió mucho la idea de que, si no estudiabas algo “con futuro”, como una ingeniería, parecía que no ibas a tener opciones. A mí además siempre me gustaron los ordenadores, soy un poco friki de esas cosas, así que pensé: “bueno, informática encaja”.
Hice un año y, aunque más o menos aprobé todo, hubo un momento en el que fui muy consciente de algo: vale, puedo hacerlo, pero… ¿sería feliz trabajando de ingeniera? Y la respuesta fue claramente no. Ahí hice un parón, me tomé tiempo para mí, fui a terapia y también me apoyé mucho en mi familia y mis amistades. Y en ese proceso descubrí que mi vocación era la educación. Así que me cambié a Pedagogía: un giro de 180 grados, pero sin duda, una de las mejores decisiones de mi vida.

Mirando tu trayectoria y tu vida personal, ¿qué personas han sido referentes importantes para ti y por qué?
Mirándolo en perspectiva, siento que soy una mezcla de muchas mujeres con las que he crecido y me he relacionado. Si tengo que empezar por alguien, diría que mi madre: en mi familia fue quien me transmitió los valores y el núcleo de lo que soy. Me considero una persona amable y generosa en gran parte gracias a ella.
Después está mi amiga de la infancia, Lucía. Nos pusieron juntas en un pupitre con ocho años (Pili no sabía lo que hacía…) y desde entonces hemos sido uña y carne. Hemos pasado juntas por momentos buenos y difíciles, y ahora también nos acompañamos como mujeres profesionales. De hecho, hablamos mucho de nuestra “niña interior” y de cómo probablemente estarían orgullosas de las personas en las que nos hemos convertido.
Y, en el ámbito profesional, destacaría a Alba, con la que he tenido la suerte de trabajar y colaborar. Fue, de alguna manera, mi mentora al principio de mi vida laboral. Trabajar codo a codo con ella me ayudó a entender la realidad educativa de verdad: con sus luces y sus sombras. Y también a ver cómo, desde un trabajo bien hecho y con compromiso, se puede generar un impacto positivo real en educación.

¿Recuerdas alguna experiencia concreta que, durante tu formación, te marcase?
Sí, recuerdo una muy concreta, aunque voy a hacer un poco de trampa porque no fue exactamente durante mi formación, sino justo antes. Fue en el año en el que estuve en terapia, parando y reflexionando sobre hacia dónde quería ir después de dejar Informática.
Un día, en casa, vi un documental sobre educación emocional. Era un concepto que yo no conocía y apareció una profesora de Cataluña contando su experiencia trabajando la educación emocional en el aula. Me impactó muchísimo. Recuerdo perfectamente esa sensación de “esto es”: era algo que conectaba con lo que yo siempre había pensado que debería ser la educación, pero que no sabía ni que existía como enfoque real.
Y ahí lo vi claro: fue uno de esos momentos que te ordenan por dentro. A partir de ahí decidí que quería dedicarme a la educación, y después empecé Pedagogía.

Tras la presentación de tu TFM y el salto al mundo profesional en este ámbito ¿a qué te dedicas actualmente?
Después de mi TFM, apliqué a una beca doctoral en mi grupo de investigación actual, el Grupo de Investigación en Psicología Educativa de la Universidade da Coruña (GIPED). Tuve la suerte (y todo hay que decirlo, el trabajo detrás) de conseguir una beca predoctoral, y realicé mi tesis en Psicología del Desarrollo centrada en los deberes escolares. Tras defenderla, di el siguiente paso y apliqué a una beca postdoctoral, que es la que estoy disfrutando ahora mismo.
En esta etapa estoy uniendo dos partes que me definen mucho: por un lado, la base pedagógica y mi línea de investigación sobre la prescripción de deberes de calidad; y por otro, una preocupación muy actual, que es el impacto de la inteligencia artificial en la educación. En concreto, estoy trabajando en cómo fomentar el pensamiento crítico y la autonomía del estudiantado, y cómo promover un uso responsable de la IA generativa, que es un tema bastante candente y que nos está haciendo replantearnos muchas cosas.

Desde tu experiencia, ¿qué papel juega la educación como herramienta de transformación social?
Para mí, la educación es un faro: una luz que nos orienta cuando no sabemos bien hacia dónde ir. Y lo importante es que esa luz no actúa sobre una persona “en blanco”, porque nadie lo es. Cada persona es una mezcla de su contexto, su familia, su situación social, sus conocimientos, sus valores y también sus propios intereses.
Lo que hace la educación, precisamente, es darle dirección a esa mezcla: ayuda a que la persona se forme, tome decisiones con más criterio y crezca hacia una versión más íntegra de sí misma. Y esa transformación empieza en lo individual, pero no se queda ahí: cuando una persona encuentra un camino más consciente y con sentido, también mejora su entorno. Por eso, para mí, la educación es una herramienta real de transformación social.

¿Qué te llevo a orientar tu proyecto de vida hacia la investigación, la educación y el compromiso social? ¿Nos podrías contar en que consiste ese proyecto?
Mi visión de lo que quiero aportar en el mundo viene de lejos, incluso de cuando era estudiante en la ESO. Recuerdo pensar muchas veces: “esto se podría hacer mejor”. Siempre me ha interesado analizar cómo se pueden enseñar las cosas de una manera más óptima, más atractiva y, sobre todo, poniendo al estudiante en el centro. Esa inquietud me acompañó desde la adolescencia y al final ha ido marcando mi camino.
Mirando al futuro, me gustaría ser profesora de universidad. Me ilusiona poder escuchar y acompañar a mis estudiantes en sus inquietudes del día a día, no solo para que se formen bien a nivel académico, sino para contribuir a que crezcan como personas. Y, en última instancia, creo que eso también tiene un efecto multiplicador: si apoyas bien a futuros docentes, el impacto positivo llega mucho más lejos.

Además de este proyecto de investigación eres la presidenta de MOTUS Europa
¿Cómo nació este proyecto? ¿Qué servicios ofrecéis?
Sí, además estoy muy metida en proyectos Erasmus+ porque los descubrí cuando era estudiante universitaria. Mucha gente piensa que Erasmus+ es solo hacer un intercambio durante la carrera, pero en realidad es muchísimo más. Por ejemplo, hay proyectos de una semana que combinan intercambio cultural con formación profesional y aprendizaje sobre un tema concreto, todo cofinanciado por la Comisión Europea. En la práctica, para las personas participantes suele significar que está cubierto el viaje, el alojamiento y la manutención, y durante esa semana convives, aprendes y conectas con gente de muchos países.
A mí, como participante, me picó el gusanillo y pensé: “si esto existe, ¿por qué no hacer también proyectos desde mi tierra, desde Galicia?” Y así nació Motus Europa. Hace cuatro años pusimos en marcha la asociación para crear oportunidades de aprendizaje, movilidad y participación juvenil a través de proyectos europeos. Ahora, por ejemplo, estamos a punto de ejecutar un proyecto muy especial: hacer el Camino de Santiago a finales de febrero de 2026, y estamos muy ilusionadas con llevarlo a término.

¿Cuáles son tus planes de futuro, tienes algún proyecto en mente que te gustaría cumplir?
A corto y medio plazo, mi plan es volver a España. Ahora mismo estoy en Alemania con mi contrato postdoctoral, pero últimamente estoy pensando mucho en reforzar mi vínculo con mi contexto local. Y, sinceramente, una parte importante de esa motivación viene de las redes que hemos creado en AMPEGA.
Me parece muy bonito lo que estamos construyendo y me gustaría que, cuando vuelva, poder seguir alimentándolo: mantener esa red viva, seguir aportando y también nutrirme de ella. Me ilusiona la idea de continuar trabajando en un entorno profesional más cercano y local, en mi ciudad, A Coruña, a la que le tengo muchísimo cariño, y seguir desarrollando proyectos con impacto real desde ahí.

¿Qué valores intentas mantener presente en tu trabajo y en tu vida en general?
Muy rápido: para mí el valor más importante (y el que más me define) es la amabilidad. Amabilidad con una misma y con los demás, porque es lo que crea lazos, nos une y nos ayuda a crecer. Y muy ligado a eso está la empatía, intentar comprender a la otra persona y actuar desde ahí, tanto en lo personal como en lo profesional.

¿Qué significa para ti formar parte de una asociación como AMPEGA?
Siempre lo digo, lo repito y creo que lo voy a seguir diciendo —ya es casi mi eslogan—: para mí AMPEGA es un grupo de amigas. Siento mucha cercanía, pero también mucha profesionalidad, muchísimo cariño y apoyo real.
Y creo que así es como se crece: creando redes entre nosotras, acompañándonos y empujándonos a dar pasos que, a veces, solas costarían más. Me siento más que afortunada de formar parte de este grupo y me encantaría que podamos seguir creciendo y creando cosas juntas.

¿Con quién te gustaría colaborar en un futuro? ¿Y qué te gustaría hacer con ella/él?
Sinceramente, no tengo un nombre concreto en mente, pero sí tengo muy claro el tipo de colaboración que me gustaría impulsar: con profesorado, tanto de escuela como de universidad. Como investigo en educación, lo veo muy de cerca, y tengo la sensación de que la figura docente está bastante abandonada en la opinión pública. Hacen un trabajo enorme, con muchísima carga mental, y muchas veces se llevan el desgaste a casa.
Me gustaría colaborar más directamente con docentes para acompañarles, escuchar sus necesidades y arrimar el hombro desde donde pueda: creando recursos útiles, espacios de apoyo o proyectos que estén realmente conectados con su día a día. Todavía no tengo cerrado el “cómo”, pero sí es algo que tengo muy presente y que me gustaría convertir en acciones concretas.

¿Cómo podemos seguir todo tu trabajo o conocer más sobre lo que haces?
Principalmente, donde más activa estoy es en Instagram. Ahí comparto tanto cosas de mi día a día profesional como proyectos en los que participo. Mi cuenta es: @fatifreire
Y si a alguien le interesa especialmente el tema de los proyectos Erasmus+ y la participación juvenil, también puede seguir la cuenta de mi asociación Motus Europa: @MOTUSeuropa
Además, tengo LinkedIn, donde comparto más la parte académica y profesional: (también fatifreire), aunque, siendo sincera, suelo estar más activa en Instagram

Para finalizar, ¿Qué mensaje te gustaría transmitirles a aquellas mujeres que acaban de terminar sus estudios y está dando sus primeros pasos en el mundo profesional?
Les diría que no tengan miedo a probar, pero sobre todo que se escuchen y sean sinceras consigo mismas. Vivimos en una sociedad llena de expectativas —a mí me pasó— y no siempre es fácil distinguir qué queremos nosotras de lo que se espera de nosotras.
Por eso creo que es importante atender a esa corazonada, a ese momento en el que por dentro sientes: “es aquí”. Y, en el fondo, para mí la vida también va de eso: de ir construyendo un equilibrio y buscar el mayor número posible de “es aquí”.
Sé que no siempre podemos dedicarnos al cien por cien a nuestra vocación, porque cada una tiene su contexto y sus circunstancias. Pero sí recomendaría buscar esas oportunidades en la medida de lo posible, escucharnos de verdad y, cuando llegue el momento, atrevernos a ir a por ello.